Corrupción y baja institucionalidad azota Latinoamérica

17 noviembre, 2014

El caso de los 43 estudiantes muertos en el Estado de Guerrero, México, en la que estarían involucrados autoridades políticas, policías y sicarios demuestra la precariedad institucional que sufrimos muchos países latinoamericanos y que desemboca en un estado de corrupción, impunidad y engaño de parte de quienes -más bien- debiesen cuidarnos y velar por el estado de Derecho.

Y es que la institucionalidad en muchos países de Latino América está por los suelos. Según el Índice de Competitividad Global 2014 –del Foro Económico Mundial- que mide, entre otros factores de productividad, el grado de institucionalidad  de 144 países pone a muchos estados  latinoamericanos en el tercio inferior de esta lista.

En este cuadro elaborado, podemos ver algunos de los componentes de Institucionalidad en los que Latinoamérica sale mal. En muchas variables, Venezuela, Argentina y Paraguay ocupan los últimos lugares. Colombia, Perú y México – a pesar de ser países que económicamente han estado haciendo las cosas bien- también demuestran niveles muy bajos de institucionalidad.

En este cuadro elaborado, podemos ver algunos de los componentes de Institucionalidad en los que Latinoamérica sale mal. En muchas variables, Venezuela, Argentina y Paraguay ocupan los últimos lugares. Colombia, Perú y México – a pesar de ser países que económicamente han estado haciendo las cosas bien- también demuestran niveles muy bajos de institucionalidad.

Para variar, un latinoamericano se encuentra último en esta lista mundial Se trata de Venezuela, cuya institucionalidad ha venido a menos desde que ha sido dirigida por gobiernos de carácter bolivariano. ¿Puede haber una institucionalidad coherente, sólida y seria en un país que decide crear un Viceministerio de la Suprema Felicidad? Otro país hermano que se encuentra entre los 8 peores  países en institucionalidad es Argentina; país que no está pasando por un buen momento económico debido a sus políticas públicas y caudillismo autocrático. Le sigue Paraguay –en el puesto 133-  que tiene una serie de problemas internos como la falta de seguridad y la debilidad institucional.

En Ética y Corrupción la mayoría de latinoamericanos salimos jalados. Por ejemplo, de 144 países, Venezuela está ultimo, Paraguay 142, Argentina 139, Colombia 123, México 110 y Perú 103.

En Ética y Corrupción la mayoría de latinoamericanos salimos jalados. Por ejemplo, de 144 países, Venezuela está ultimo, Paraguay 142, Argentina 139, Colombia 123, México 110 y Perú 103.

Continúa el Perú, que se encuentra en la posición 118 (de 144) en nivel de institucionalidad. 7 puestos por debajo de Colombia (111) y 16 puestos por debajo de México (102). Estos 3 países –junto a Chile- se han diferenciado en Latinoamérica por apostar por la apertura al libre mercado como la principal herramienta para lograr el crecimiento económico; sin embargo, la institucionalidad en estos estados deja mucho que desear. Por ejemplo, en la variable “Desvío de fondos públicos” Perú se encuentra en la posición 104, México 119 y Colombia 128. Ultimo está Venezuela y penúltimo Argentina. En “Confianza en los políticos”, México está en el puesto 114, Colombia 125 y Perú 131. “El costo de negocio de la delincuencia y violencia” en México lo hace ocupar la casilla 135, Colombia 134 y Perú 127. En el rubro “Ética y corrupción” último sale Venezuela; En el 103 Perú, 110 México y 123 Colombia.

Adicionalmente, los 3 se encuentran en la “lista negra” de los países productores y distribuidores de droga en el mundo, según el Informe Anual del gobierno de los Estados Unidos. Colombia y Perú están entre los mayores distribuidores de cocaína en el mundo y México es el principal distribuidor de derivados ilegales de opio en los Estados Unidos.

Según el Índice de la Percepción de la Corrupción elaborado por Transparencia Internacional, de 177 países, Venezuela se encuentra en el puesto 160, Paraguay 150, México y Argentina comparten el puesto 106.

Según el Índice de la Percepción de la Corrupción elaborado por Transparencia Internacional, de 177 países, Venezuela se encuentra en el puesto 160, Paraguay 150, México y Argentina comparten el puesto 106.

Esto demuestra, que el crecimiento económico es importante, pero si no avanzamos en temas base como la institucionalidad y en temas transversales como la educación, el futuro que se nos viene más que un desafío podría ser una vorágine…


A propósito de La Parada: ¿Vivimos todos los peruanos en un mismo Sistema?

25 noviembre, 2012

Cuando uno ve en las imágenes del televisor a una población exacerbada, descontrolada y frenética defendiendo como leones algo que no es suyo; cuando ves delincuentes sacando provecho del caos para robar,  dañar y destruir; cuando distingues  a pobladores maltratando a policías y diciendo “se creen importantes”, cuando ves a forajidos incendiando comisarías sin que nadie los detenga, cuando observas a gente tratando de matar a la autoridad a pedradas, uno se pregunta ¿esta es la ciudad en la que vivo?, ¿estas son las personas con las que convivo?, ¿hay autoridad en nuestro país?, ¿por qué existen estas personas?

Para las 2 primeras preguntas la respuesta es sencilla: sí. Esta es la ciudad en que vivimos y tenemos que convivir con estos seres humanos. La tercera pregunta se podría contestar: sí, pero parece que no funciona. La autoridad funciona para unos, no para otros, algunos saben cómo hacerla funcionar, otros saben cómo desactivarla y muchos, al no hallar un funcionamiento adecuado, ni siquiera queremos utilizarla. La cuarta pregunta si nos debería llevar a reflexión.

¿Por qué existen estas personas? Porque han nacido igual que nosotros y tienen el mismo derecho a la vida, a la igualdad ante la ley, a la libre expresión, a trabajar libremente y muchos derechos más que tenemos los ciudadanos. Sin embargo, estas personas -que tienen los mismos derechos que cualquier ciudadano y que son reconocidos en la constitución- parece que no saben que también tienen deberes y que los derechos de uno terminan o se limitan donde comienza los del otro.

Expresarse es un derecho pero hacerlo de manera violenta y criminal, sin el más mínimo respeto a la vida es una grave falta que debe ser condenada y sancionada con todo el peso de la ley. Todos tenemos derecho al trabajo, pero siempre y cuando este se ajuste a ley; es decir, bajo las normas que establezca la autoridad. Nadie puede apropiarse de un lugar que es público y decir “sólo muertos saldremos de aquí”. Actitudes intolerantes como ésta no llevan a buen término y es el Estado el que debe poner control, orden y brindar el principio de seguridad que los ciudadanos necesitamos tener.

Sin embargo, ¿cómo entender tanta violencia en estos seres humanos?, ¿acaso no saben lo que es vivir civilizadamente y que tienen que respetar las reglas básicas de convivencia? Pues parece que no. Y querer llegar a ellos con el lenguaje que utilizamos quienes hablamos de leyes, normas, deberes y derechos, parece que no tiene mucho sentido. ¿Por qué? ¿Porque ellos son salvajes y brutos y nosotros ciudadanos educados y responsables? Cuidado, creo que no deberíamos ser tan superficiales.

Que se portan salvajemente, sí. Que no respetan nada, sí. Que no entienden de normas y deberes, sí. Pero vayamos al fondo, ¿son todos ellos tan bárbaros e irracionales que han desechado –sin más ni menos- las herramientas, conocimientos y oportunidades que les ha brindado el Estado?, ¿son tan atrevidos, temerarios e insolentes que no les interesa enfrentarse a una autoridad firme, correcta y que siempre hace respetar el principio de la ley y la justicia? Nooo! ¿A quién queremos engañar? Es el Estado el que no ha hecho lo necesario para insertarlos al “sistema” y ha permitido, con su descuido y falta de institucionalidad, que se acostumbren a actuar sin leyes que los corrijan adecuadamente.  Porque hacer mal las cosas es tan dañino como no hacer nada.

Un lumpen que está acostumbrado a hacer lo que le da la gana porque para él la ley no vale nada, no va a cambiar porque pongas un caballo, un policía o un juez delante de él. Porque la ley, las normas y la constitución son un documento ajeno a ellos. Un documento pertenece a un “sistema” al cual ellos no se han incorporado. Por tanto, no pertenecen al “sistema” en que los demás vivimos y aceptamos. Al hablar de sistema me refiero a ese conjunto de elementos que el Estado ha organizado para lograr un objetivo: vivir en una sociedad ordenada sujeto a las normas establecidas.

Entonces nos damos cuenta que estamos viviendo en un mismo lugar y en un mismo tiempo dos tipos de actores. Los actores legales, que somos todos aquellos que nos acogemos al sistema y sus normas –así no nos guste-, y los actores ilegales, que son aquellos que quieren imponer la ley de la fuerza y que no conocen de normas ni respeto.

Y vemos cómo a estos dos tipos de actores el Estado los quiere controlar con las normas establecidas para aquellos que aceptamos y vivimos en el “sistema”. He ahí el problema de nuestro Estado y la precariedad de sus instituciones, querer controlar con documentos y papeles a alguien que no reconoce estos documentos. No se puede. Es imposible. Y encima cuando esta población “anti sistema” pasa por las instituciones que forman parte del sistema del Estado, se dan cuenta que este famoso “sistema” puede ser fácilmente corrompido.

 Entonces, debemos darnos cuenta que el problema que tenemos no es específico a un grupo de compatriotas que no tiene educación y que no quiere comportarse de acuerdo a ley, sino que es un problema transversal que afecta a toda nuestra sociedad y su entorno. Este problema viene de arriba. Si el Estado no cumple su rol de autoridad, de generar orden, de mejorar su institucionalidad, de brindar desarrollo social y de crear un marco jurídico que permita a todos los ciudadanos ser parte del mismo “sistema”, no solamente no resolveremos el problema, sino que cada vez más nos hundiremos en una vorágine de descontrol, violencia y crisis que nos explotará en la cara y que quizá nos deje cicatrices muy difíciles de borrar.

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¿A LOS PERUANOS NOS GUSTA LA DEMOCRACIA?

30 marzo, 2011

El 45% de la población peruana justifica un golpe militar para acabar con la pobreza, la corrupción y obtener un mejor nivel educativo. El Perú ocupa el penúltimo lugar en la región en términos de tolerancia política.

Mientras muchos países árabes están sumergidos en violentas protestas populares, cansados de regímenes autoritarios que sólo han traído pobreza, corrupción y falta de libertad; el Perú tiene uno de los promedios latinoamericanos más altos en la escala de apoyo a golpes militares.

Así lo publica la organización Proyecto de Opinión Pública de  América Latina (LAPOP) en su estudio “Cultura Política de la Democracia en Perú, 2010” Y por qué los peruanos justificamos un golpe militar a estas alturas? Según el informe, la población siente necesaria esta medida porque tiene una percepción negativa del desempeño económico del gobierno y del sistema político que influye en ella; es decir, la corrupción y la falta de seguridad.

Según el informe "Cultura política de la democracia en Perú, 2010", una de las más recientes encuestas del Barómetro de las Américas, el Perú es el cuarto país en Latinoamérica que apoya un golpe militar.

Asimismo, el estudio señala que sólo la mitad de la población apoya el Estado de derecho. Es decir, uno de cada dos peruanos está dispuesto a aceptar, que en ocasiones, las autoridades actúen al margen de la ley. Y además, ocupamos en Latinoamérica el penúltimo lugar en tolerancia  política.

Entonces pregunto: bajo este contexto, ¿no es lógico saber hacia dónde van las tendencias electorales? Puesto que la sociedad peruana tiende a votar por caudillos y no por partidos ni programas ¿ No es razonable que el electorado peruano busque el perfil de un candidato fuerte, que imponga la ley (para que le brinde seguridad); en la medida de lo posible, que sea nuevo en política (para que no sea un corrupto) y que sea del pueblo (para que distribuya las riquezas)?

 

La persona se forma de acuerdo a sus experiencias. Y estos temores de la población son fundados en la experiencia que han tenido en los gobiernos de los últimos treinta años.  Gobiernos democráticos que nos han brindado algunas alegrías y muchas desazones.

Pero cuando parece al fin que los gobiernos empiezan a entender que tienen que continuar con las buenas políticas que han aplicado sus antecesores (sin empezar de nuevo) y desechar y combatir las malas prácticas gubernamentales, el pueblo –que vive el hoy y no el mañana- parece cansado de esperar y prefiere empezar de cero.

Según el informe, combinaciones como las que tiene el Perú de no respetar el Estado de derecho, tener bajo apoyo al sistema y tener poca tolerancia, conllevan a una “democracia en riesgo”.

¿Y cuál sería la alternativa electoral -para muchos peruanos- que entienda sus necesidades y resuelva sus carencias? Pues un gobierno democrático, con carácter autoritario. Un líder que imponga la ley, sin importar las formas si es necesario, y que acabe con las asimetrías entre ricos y pobres. Porque están hastiados de escuchar que la economía peruana es una de las más fuertes del mundo pero a ellos no les llega nada.

Mientras algunos comprendemos que la democracia y el libre mercado son la mejor opción a mediano y largo plazo; otros compatriotas no tienen herramientas, ni recursos, ni estímulos, ni ganas, ni tiempo para seguir esperando la tierra prometida. Y por tanto, prefieren que se patee el tablero y se empiece de cero.

A la población no le interesa leer el Informe de Desarrollo Humano 2010 (PNUD) y comprender por qué no existe una correlación significativa entre el crecimiento económico y los avances en salud y educación.  Al pueblo lo que le interesa es alguien que le resuelva los problemas ya.

Y he ahí el problema. Mientras algunos comprendemos que la democracia y el libre mercado son la mejor opción -a mediano y largo plazo- y tenemos un trabajo, así como recursos y herramientas que nos permitirán sobrevivir y gozar de una mejor calidad de vida para cuando el Perú consolide su desarrollo; otros compatriotas no tienen herramientas, ni recursos, ni estímulos, ni ganas, ni tiempo para seguir esperando la tierra prometida. Y por tanto, prefieren que se patee el tablero y se empiece de cero. ¿Los podemos acusar de impacientes, intolerantes y de faltos de cultura democrática?

Como dijo Borges, “la democracia es el abuso de la estadística”. Y en una elección electoral donde todos votan y los votos de todos valen lo mismo, la mayoría manda así no nos guste. Así que no busquemos pelearnos con la mayoría, sino exijamos que el próximo gobierno desarrolle de una vez, con capital público privado, las variables sociales -como la educación, la salud, la seguridad y el trabajo- que el pueblo necesita para mejorar su calidad de vida, y como consecuencia adquiera la madurez cívica para dilucidar entre lo bueno y lo malo.